Abajo el deporte. Arriba el ejercicio.

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Es una idea loca, lo sé, pero los eventos recientes me han hecho percibir algo: la disciplina del deporte, en contraposición a la mera actividad física, es algo que perjudica más de lo que beneficia a la sociedad.

El deporte se ha vuelto un circo comercial, y hasta privativo de la libertad en ocasiones. El fenómeno mediático del mundial de balompié, la tenaz promoción de marcas que opaca los juegos olímpicos, los estadios que solamente aceptan billetes “por motivos de seguridad”, los contratos multimillonarios que superan el salario de muchos mandatarios mundiales, los implementos deportivos y aditamentos de los equipos a precios sobreinflados por el efecto de las marcas, los equipos luchando por el dinero más que por el honor. Ya no importa el ejercicio, importa más maximizar el pecunio y atraer a la mayor cantidad de fanáticos.

Lo que me lleva al siguiente punto. Los fanáticos del deporte son más afición a la camiseta que a la disciplina que requiere el deporte. Rara vez se ejercitan, salvo quizás para unirse a las ligas menores de su equipo favorito, si tienen suerte. Gastan su tiempo observando embobados a sus ídolos, a quienes no podrán emular jamás, y luego discutiendo con aficionados de equipos a quienes les ponen la etiqueta de rivales mortales, llegando en los casos más graves a causar disturbios.

Y es que el deporte, por naturaleza, causa competencia y conflicto. Para que haya un ganador, todos los demás competidores tienen necesariamente que perder. Y no me vengan con la ilusión del buen perdedor. El deporte es guerra sin la sangre, una forma de liberar las tensiones violentas que tienen las personas. Hasta para ingresar a un equipo se requiere que el nuevo fichaje de la cantera deje por fuera a miles de jóvenes, quizás más ilusionados, pero apenas ligeramente menos capaces. Más de uno recurre a la trampa para llegar al preciado puesto, y para mantenerse en el mismo. Mientras nadie se dé cuenta, puede llegar a haber una disciplina completa dopándose, como en el caso del ciclismo profesional o el balombase (baseball para los anglófilos).

Todo eso opaca el verdadero sentido que tenía el deporte. Volver al ser humano más capaz, más fuerte, más rápido, más resistente. Superación personal. Gente que sale a las cinco de la madrugada, con climas insoportablemente helados, a correr hasta agotar las energías y molerse los músculos, con la esperanza de que crezcan más sanos, de quemar las llantitas, de cuidar el corazón. Gente que no compite sanguinariamente con terceros para ser el mejor atleta del mundo (y qué mal por el resto de la humanidad), sino que meramente desea ser mejor corredor. Gente que meramente desea superarse, no superar a los demás. Por eso digo: Abajo el deporte. ¡Arriba el ejercicio!