Más ideas por un lenguaje menos discriminatorio

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Muchos sectores se quejan de que el idioma está cargado de expresiones que, por el uso, no notamos que perpetúan estereotipos que deberían ser abolidos. Ni siquiera otras medidas para paliar estos yerros de la costumbre han tenido un efecto totalmente positivo: el lenguaje inclusivo reduplicativo, por ejemplo, lejos de reducir la brecha entre hombres y mujeres, acaba por reconocerla y validarla como una división legítima entre iguales. ¿Pero es posible hacer tal cosa como un idioma no discriminatorio sin recurrir a inventar reglas (como una vez propuse)? Tal vez no del todo, pero por algo se puede empezar.

Quizás las medidas más prometedoras al respecto son el movimiento Persona Primero y la definición de Diversidad Funcional. El primero prefiere que el idioma enfatice la humanidad de la persona en vez de los “problemas“ (definidos como tales por el punto de vista social imperante) que esta pueda tener; por ejemplo, lo que hoy se denomina “ciego“ se convierte en una “persona con problemas de la vista“. Asimismo, este sistema idiomático se deshace del sexismo, ya que el concepto de persona no implica que esta sea hombre o mujer, joven o adulta, ni ningún otro tipo de discriminación: “los trabajadores y las trabajadoras“ se unen en un grupo homogéneo de personas trabajadoras. Sin embargo, este lenguaje implica que el “problema“ (nuevamente, definido como tal por la mayoría) es algo indeseable y discriminable. Acá entra el concepto de diversidad funcional. Este término se usa como reemplazo no discriminatorio de vocablos como “discapacidad“ o “enfermedad“, que meramente señala su diferencia con respecto a la persona promedio, sin señalar si dicha diferencia es considerada normativamente como “positiva“ o “negativa“. Es vital señalar que, para lograr este objetivo, el vocabulario diversocéntrico debe ser intencionalmente vago con respecto al tipo de diversidad de la persona, especificándolo exclusivamente con fines de tratamiento médico, psicológico o de otro tipo.

Así, tomando y extendiendo estos conceptos, se pueden redefinir múltiples estereotipos en un modelo de la diversidad, en que cada categoría cubre tanto la diversidad socialmente considerada “positiva“, como la “negativa“. Así, tanto la persona atlética como la discapacitada pasan a ser ambas personas con diversidad funcional. El primer promedio de la universidad y la persona con “discapacidad mental“ (una y otra reducidas a la capacidad innata de su cerebro, limitadas por el idioma a superar las supuestas limitantes de su cuerpo) son ahora personas con diversidad cognitiva. Ya no se hablará de infantes y adultos, ni de adultos mayores y menores de edad, porque comparar es discriminar; ahora son personas, no de la baja, media y alta, sino de la primera, segunda y tercera edad, definidos por su orden cronológico, o mejor aún, junto con altos y bajos, gordos y flacos, musculosos y escuálidos, son simplemente personas con diversidad de desarrollo. Pobres y ricos, figuras de autoridad y subordinados, personas estudiosas y con acceso limitado a la educación, son personas con diversidad de recursos. Heterosexuales y personas LGBTQIA, casadas, solteras y en unión libre, monógamas o poliamóricas, y de todas las identidades de género, forman todas el grupo de personas con diversidad sentimental y de identidad; en esta última van las diversas culturas y subculturas, indistintamente de su ideología. Las personas religiosas y arreligiosas tienen diversidad de culto. Las personas constatadas socialmente como moralmente rectas y las consideradas perversas o criminales, hayan perdido o no su libertad, se consideran personas con diversidad ética. Y por último, ya que lo correcto y lo incorrecto son relativos a la persona y a la sociedad en que vive, el “bien“ y el “mal“ se definen, como se ha insistido en este artículo, como comportamientos normativos o no normativos para la sociedad en la que la persona o su interlocutor viven, respectivamente.

Sin embargo, hasta esta terminología tiene un defecto, pero no puede ser salvado sin que antes haya un cambio social. El hecho de que sea siquiera necesario señalar que existen diversidades implica que las oportunidades son distintas para cada persona, dependiendo de sus características. Debe, pues, llegar el día en que solamente importe hablar de personas, a secas, donde la diversidad exista pero sea irrelevante, y donde cada persona tenga idénticas oportunidades. Es un sueño, se dirá, pero muchas cadenas han sido tejidas por ignorancia a causa del idioma. ¿Hasta dónde podrá llegar esta ideología?