La cultura del desechable

Estándar

¿Alguna vez se han detenido a pensar cuántas cosas que usamos a diario resultan ser desechables? Los pañales, los envases del refresco y la comida, los cubiertos, y la epítome, las bolsas del basurero. Cosas que poco nos importan cuando las tiramos, por las que no tenemos apego, y que una vez desechadas dejan de existir en nuestra memoria, al menos hasta que nos conseguimos un repuesto.

Pues sí, resulta que vivimos en la cultura del desechable. Aquí todo se puede desechar, tirar, olvidar, abandonar, que de por sí todo es reemplazable. El problema es que ya hemos extendido la ideología a cosas menos inanimadas. Las personas, los valores incluso, han pasado a ser desechables. ¿No me creen? La gente salta de trabajo en trabajo, los estudiantes de carrera en carrera. Las parejas sentimentales se han vuelto desechables, y ni el matrimonio se salva. Si la gente no se divorcia y se vuelve a casar, simplemente engaña a escondidas o de plano se larga. La religión también se ha vuelto desechable. Es común la gente que, indistintamente de su credo, simplemente lo dejan tirado, a veces saltando de uno a otro, o quedándose en el punto cómodo del agnosticismo. Los padres se mandan a un asilo o simplemente se cortan todas las comunicaciones. Y los amigos, hay tantas historias de traiciones que no puedo citar todas en un artículo. Hasta el ambiente se ha vuelto desechable, y sino revisen los niveles de polución.

Por supuesto que no puedo dejar de citar la razón por la que sucede todo esto: los valores morales en sí se han vuelto desechables, relativos y flexibles. Quizá no sería tan malo un sano revisionismo si no fuera porque llegamos al punto en que todos los valores se han considerado opcionales. ¿Será muy tarde para buscar y volver a colocar en su lugar los pilares morales que hemos tirado al basurero, antes que la vida misma se vuelva desechable también?