De cómo la humanidad se pasa a Darwin por donde mejor le cabe

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He descubierto algo: como especie, las personas somos los seres que más abusamos de la ley de selección natural.

Esta ley, también conocida como la ley de supervivencia del más fuerte, indica que en cualquier población de seres vivos salvajes fallecen los individuos menos resistentes al ambiente, las enfermedades y los depredadores, mientras que se reproducen los individuos más atractivos (y por ende, usualmente más aptos).

Pero la humanidad es medio tramposa. Su cuerpo es débil comparado con el de muchos animales, pero su cerebro es una superpotencia en el arte de la adaptación, que ha usado para descubrir varios métodos para engañar a la selección natural.

Para engañar al ambiente, han inventado herramientas que les permiten realizar cosas que no podrían hacer con fuerza bruta, vestimentas que suplen su carencia de vello, y arquitectura con la que se evitan vivir en descampado (aunque eso sí, la idea no es tan original de los humanos: las cuevas animales son de hecho un prototipo de ello).

En el campo de las enfermedades, la medicina le ha permitido sobrevivir a personas que no podrían hacerlo sin ayuda, lo que permite que, entre otras cosas, gente con problemas congénitos sobreviva… y herede sus enfermedades a su descendencia, siendo este uno de los ejemplos más notables de nuestro abuso al sistema.

En cuanto a los depredadores, los hemos eliminado uno por uno mediante el uso de las armas. Ahora, nuestros únicos depredadores son otros humanos, y por razones cada vez más sentimentales: venganza, envidia, honor… Pero esa es otra historia.

Y no olvidemos que en el campo de parecer más atractivos de lo que somos, ha surgido una industria completa, la de la belleza. De maquillaje a cirujía cosmética, cambiamos nuestro aspecto sin necesidad de cambiar los genes subyacentes y con ello nos convertimos en una suerte de publicidad engañosa.

En fin, que descuidamos cada vez más la genética humana, y paralelamente dependemos cada vez más de nuestra tecnología para mantenernos aptos biológicamente. Sin embargo, a mediano o largo plazo la tecnología nos permitirá remendar el entuerto: ya se trabaja en el complejo arte de modificar el genoma para mejorar las capacidades de los individuos.

Si siguen así, pronto el ser humano en el medio de la nada ya no tendrá qué envidiarle a sus compañeros animales. Y habrá ganado el título de “rey de la jungla” con la trampa más sofisticada del mundo.

Pensamientos posiblemente deprimentes sobre la post-muerte y el universo

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¿Alguna vez se han detenido a pensar cuánto tiempo seguiremos en la memoria colectiva después de fallecer?
La persona común y corriente dura más o menos unos cien años. Es olvidada definitivamente cuando la gente que la conocía fallece a su vez.

Otras personas, más influyentes, duran más tiempo en la memoria colectiva, gracias a documentos históricos, monumentos, edificios, museos y demás recordatorios.

Pero eventualmente hasta ellos son olvidados. Los libros se pierden, los monumentos se derrumban.

Pero los logros quedan. La vida y obra del inventor del fuego se han perdido para siempre, pero su método para obtenerlo permanece hasta nuestros días.

Una persona cuyos descubrimientos, invenciones o ideas sean suficientemente famosas o útiles, durará más tiempo aún en la memoria popular.

Pero hasta esos logros se pierden con el tiempo. Los libros se pierden, los descubrimientos se refutan, los inventos se mejoran o se destruyen, las civilizaciones llegan a su fin.

Así que en el sentido estrictamente terrenal, ninguna persona es eterna. Hasta la humanidad, dependiendo de las circunstancias, tiene fecha de vencimiento. Si se mata sola en una guerra, o termina los recursos del planeta, o el planeta mismo es destruido, adiós seres humanos y adiós todos sus logros históricos. Y, peor aún, muy probablemente nadie más revise los restos de nuestra civilización; la probabilidad de que surja un ser pensante cualquiera es prácticamente cero.

Y todavía la gente se preocupa de cuánto va a vivir. ¡Si al final, hasta el universo mismo se dirige hacia el olvido!

La entropía, energía que se dispersa y no se puede reaprovechar, aumenta cada segundo en el universo. Quizá falten por suceder varias compresiones y reexpansiones del universo antes, pero cuando ya no quede energía utilizable, el universo simplemente dejará de moverse. Fin del tiempo.

Así que preocuparse por el destino de la humanidad es pensar a largo plazo en un final ineludible. Y si se preocupan por presenciar el final del universo en persona, mejor olvídenlo, pues la inteligencia (que ocupa mucha energía para existir) va a haber desaparecido del universo mucho antes del fin de los tiempos.

Así que dejemos de pensar en la muerte como algo que podemos atrasar o evitar. En un sentido u otro, le tocará morir algún día a todo lo que conocemos. Y hasta a lo que no.

Sobre la eterna lucha de clases (o por qué siempre tendremos tiranos y mártires)

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La humanidad, desde poco después del inicio de la sociedad organizada, pasó el punto sin retorno en que las personas están divididas en estratos jerárquicos, donde algunas personas mandan y otras siguen órdenes. Sin embargo, es ley natural que el poder inequilibrado se corrompe. El alto mando empezó a abusar de su poder, y la plebe tomó el instintivo paso de rechazar el abuso. Eventualmente, el poder reaccionó instaurando un fuerte sistema de vigilancia, adoctrinamiento y penalización que fue perfeccionado con los siglos, para que los designios del poder no fueran afectados por la desobediencia de los esclavos, para que la insubordinación fuera eliminada del pensamiento de éstos, y para quienes aún así osaran enfrentarse al sistema fueran castigados o, si con ello no aprendían, eliminados.

El sistema intentó ser subvertido por múltiples medios, desde la fuerza bruta hasta los métodos de sigilo. Casi todos ellos fueron anulados por el poder, que desde siempre tiene más recursos que la plebe (a menudo, de hecho, recursos que eran originalmente de la plebe). Los otros casos, contados con la mano en los anales de la historia, fueron sólo victorias temporales y eventualmente disueltas por el poder, o farsas en que la plebe creyó ganar igualdad, pero el sistema que lo garantizaría fue modificado por el poder para manejarlo en secreto, o mediante otras organizaciones jerárquicas (economía, religión, milicia, medios de comunicación). Estas organizaciones, a su vez, confabulan hasta la fecha para aumentar su beneficio (más poder, más dinero, más influencia).

La plebe, que no pierde la esperanza (tristemente, mucha de ella proveniente del adoctrinamiento del poder para manipular a las masas) sigue luchando, trágicamente terca, ciega al hecho de que tiene todas las de perder, que sus escasas victorias son efímeras o falsificadas, y que sus constantes fracasos ante el siempre más poderoso aglomerado mandatario son castigados hasta la damnatio memoriae, olvidados al punto de que su lucha jamás sucedió y su sacrificio fue en vano. Lo triste no es que sigan en la lucha, mostrando un valor que, aunque admirable, se basa en falsedades ideológicas. Lo realmente triste es que aún no se hayan enterado (o sigan en una desesperada negación) de que lo mejor es rendirse y vivir apegados al estoicismo, y sigan lanzándose en vano a la cueva del dragón, con el objetivo de aniquilarlo, pero tan sólo logrando servirle de alimento.

Pero eso deja una última pregunta: ¿por qué, a pesar de las nulas probabilidades, la plebe sigue autoengañada y en pie de guerra? La respuesta puede ser el instinto. En este sistema de reacciones que es la sociedad, diversos seres vivos, con más o menos recursos, son impulsados por igual por la misma constante urgencia de tener una mejor calidad de vida, sin pensar siquiera en la obvia disparidad de capacidades. Es por eso que este conflicto existe, y hasta que una parte abandone ese impulso, este conflicto seguirá per sæcula sæculorum.

Abolir el tabaco y el alcohol: difícil pero posible

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Empezaré diciendo la verdad: soy un abstemio por convicción, y los pleitos sobre áreas de no fumado y niveles de alcohol al volante me tienen harto. Y desearía proponer la solución final a esos problemas: ilegalizar el tabaco y el licor, como hoy hacen con la cocaína o la marihuana. Esta última, paradójicamente, incluso menos dañina que el tabaco, según algunos estudios.

Sí, las industrias tabacaleras y licoreras arremeterían con todo su poder legal contra la ilegalización de tales sustancias. Sí, esto forzaría a miles de personas a elegir de la noche a la mañana entre el desempleo y la prisión. Sí, la medida no puede ser definitiva si dichas sustancias siguen siendo distribuidas por nuestros actuales narcotraficantes, aunque sí se reducirían notablemente. Y sí, esto causaría pérdida de impuestos, abarrotamiento de prisiones, saturación de servicios de desintoxicación y rehabilitación, y en general un descontento de buena parte de la población.

Pero los beneficios son evidentes. Menos ocurrencias de enfermedades crónicas como cáncer, cirrosis o pulmonía, por ejemplo. Disminución de los crímenes violentos, del abuso doméstico y de los accidentes de tránsito. Mejor administración del dinero por parte de los sectores más necesitados de la población.

Y aparte no es como que el alcohol y el tabaco sean necesarios. Hay chicle, cigarros de chocolate y mondadientes, hay agua oxigenada, limpiavidrios, jugo de uva, y cualquier farmaceuta sabe que hay mejores vehículos para emulsión que el alcohol.

Lo cierto es que si no han abolido estas drogas (que eso es lo que son), es por causa de la presión que ejercen el gobierno y los narcotraficantes legalizados (tabacaleras, licoreras) que ganan buen dinero (o impuestos) con la venta y distribución de dichas sustancias, y harán hasta lo imposible para no perder su fuente de fondos. No los culpo, los fabricantes de armas hacen lo mismo. Aparte de eso, el estado muy posiblemente no pueda manejar el necesario aumento de gastos. Más policías, más cárceles, más centros de rehabilitación, más campañas de concientización, y todo eso con menos impuestos.

Pero si lo hicieran (que soñar es gratis), sería un movimiento audaz. Y altamente beneficioso.

Por qué me niego a aprender a manejar un automóvil

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Sé que suena raro que en una época como esta, alguien tan tecnológico como yo diga que no tiene interés alguno en aprender a manejar. Pero qué quieren que diga, esa es la verdad. No es simple pereza, de hecho tengo mi buena y justificable lista de razones.

La primera, muy obvia, es lo difícil y caro de aprender a conducir. Cursos caros en el mejor caso, o cuando no se puede, ver si un vecino o familiar puede sacar tiempo los fines de semana, y de paso logre encontrar un lugar con poco tránsito… ¡como si en esta época se pudiera! Y luego las pruebas de manejo, que cuestan un ojo de la cara. Por intento. ¿Por qué entonces no se me ocurre conducir sin licencia? La razón es simple: en la práctica, conducir es muy arriesgado y yo aprecio mucho mi vida, y la de los demás. No en vano manejar sin aprobar el mentado curso es ilegal.

La otra razón es monetaria. Comprar y mantener un vehículo es carísimo. Perfectamente uno puede gastar el 99% del sueldo en gasolina, mantenimiento, marchamos, y las cuotas del vehículo a 20 años plazo. Y aún falta comprar la comida. Hagan los cálculos.

Otra razón (dirán excusa) es lo draconiano de la ley de tránsito. Lo del alcohol al volante, es lógico, y no me importa porque soy abstemio. Pero la restricción vehicular, ahí sí no. Imagínese gastar medio salario en algo que, por ley, se le prohíbe usar cada cierto tiempo. Si el objetivo es lograr que la gente no use sus vehículos, conmigo lo lograron por goleada.

Otra razón, más ambiental que otra cosa, es que un automóvil particular aumentaría mi huella de carbono por muchas magnitudes. Y el ambiente ya de por sí está de la tostada. Mejor no “ayudo”.

Si se preguntan cómo rayos me muevo, es con el transporte público. Un buen servicio de taxis y buses hace que conducir se haga innecesario. Sabiendo planificar, es más cómodo, más seguro, y hasta más barato. Como leí en algún estudio, hasta el más ávido usuario de taxi gasta menos que el dueño de un automóvil. Como dije, hagan los cálculos.

La cultura del desechable

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¿Alguna vez se han detenido a pensar cuántas cosas que usamos a diario resultan ser desechables? Los pañales, los envases del refresco y la comida, los cubiertos, y la epítome, las bolsas del basurero. Cosas que poco nos importan cuando las tiramos, por las que no tenemos apego, y que una vez desechadas dejan de existir en nuestra memoria, al menos hasta que nos conseguimos un repuesto.

Pues sí, resulta que vivimos en la cultura del desechable. Aquí todo se puede desechar, tirar, olvidar, abandonar, que de por sí todo es reemplazable. El problema es que ya hemos extendido la ideología a cosas menos inanimadas. Las personas, los valores incluso, han pasado a ser desechables. ¿No me creen? La gente salta de trabajo en trabajo, los estudiantes de carrera en carrera. Las parejas sentimentales se han vuelto desechables, y ni el matrimonio se salva. Si la gente no se divorcia y se vuelve a casar, simplemente engaña a escondidas o de plano se larga. La religión también se ha vuelto desechable. Es común la gente que, indistintamente de su credo, simplemente lo dejan tirado, a veces saltando de uno a otro, o quedándose en el punto cómodo del agnosticismo. Los padres se mandan a un asilo o simplemente se cortan todas las comunicaciones. Y los amigos, hay tantas historias de traiciones que no puedo citar todas en un artículo. Hasta el ambiente se ha vuelto desechable, y sino revisen los niveles de polución.

Por supuesto que no puedo dejar de citar la razón por la que sucede todo esto: los valores morales en sí se han vuelto desechables, relativos y flexibles. Quizá no sería tan malo un sano revisionismo si no fuera porque llegamos al punto en que todos los valores se han considerado opcionales. ¿Será muy tarde para buscar y volver a colocar en su lugar los pilares morales que hemos tirado al basurero, antes que la vida misma se vuelva desechable también?

Manifiesto contra la lucha de clases, 12 de diciembre, 2010

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Considerando como verdades inapelables que es natural para la sociedad que esté dividida entre los poderosos y los débiles; que los poderosos tienen el control de la sociedad, y con ello, control sobre los débiles; que, al tener los poderosos el control, toda revolución por parte de los débiles está condenada al fracaso; y que de la convivencia de las diversas capas de la sociedad depende la paz de las naciones, declaramos:

  • Que la sociedad deberá estar dividida entre los que ostentan el poder, y quienes no lo tienen,
  • Que los débiles sólo podrán usufructuar los derechos que los poderosos tengan a bien permitirles, durante los plazos y con las restricciones que estos decidan,
  • Que los poderosos no se impondrán más deberes que los que estimen convenientes para su propio bienestar,
  • Que los débiles deben practicar permanentemente la abnegación, la sumisión y la resignación, cumpliendo los mandatos de sus superiores y procurando no cuestionar las razones de sus decisiones,
  • Que los poderosos tienen el privilegio de controlar la sociedad, incluyendo a sus inferiores, a los recursos de todo tipo, y a las leyes, como estimen conveniente para su propio bienestar,
  • Que la rebeldía de los débiles a la aceptación incondicional y fiel de este sistema es profundamente deplorable, y debe ser erradicada bajo cualquier circunstancia,
  • Que la plena realización de las personas, por la naturaleza de esta sociedad, está solamente al alcance de los poderosos.

Firmamos este manifiesto bajo la esperanza que la parte más importante de la sociedad tenga, finalmente, la vida pacífica que merece, el día 12 del mes de diciembre del año 2010.

– Los poderosos del planeta