GamerGate: por qué prefiero no tomar un bando

Estándar

El pleito de GamerGate… cuánto se ha escrito ya y cuánto hay por comentar al respecto. Por un lado, el equipo que aboga por eliminar la influencia de las grandes compañías en las reseñas de videojuegos; por el otro, el equipo que aboga por mayor inclusividad en el mundo de los videojuegos. Si fuera tan sencillo como eso, pero es mucho más profundo.

Continuar leyendo

Películas de acción de los 90’s: más adultas de lo que parece

Estándar

Comentaba por Twitter una de las personas que sigo, Marco Parra, que las películas de acción de los 90’s son básicamente equivalentes al cine para adultos… sí, las de ese tipo. Lo único que varía entre una y otra, arguye él, es que las escenas eróticas son simplemente reemplazadas por escenas de acción desenfrenadas. Lo único que variaría sería la fuente de la testosterona para el espectador. Varios de los puntos en que dice que coincide son:

  • Idéntica música. No estoy versado en películas de acción de los 90’s, y menos en películas para adultos de la época, así que no tengo forma de verificarlo ahora.
  • Idéntica trama entre todas las películas, con escasas variaciones, extremadamente insulsa y con diálogos de igual calaña. Lo único rescatable y disfrutable de la película son las escenas de acción (de ambos tipos), tales que que basta una señal para detener la escasa trama que queda a la cinta, al punto que hasta el final de la película es perfectamente ignorable.
  • Idénticos protagonistas, un tipo con apariencia dura, que le reparte acción al resto del reparto, y al cual las mujeres se le arriman cual si fuera un magneto.

No sé mucho de ninguna de las dos cosas, pero me parece que este tipo sí que estaba iluminado al decirlo: ambos tipos de películas para adultos son básicamente la misma cosa, suplida con dos actos distintos. ¿La violencia como substituto socialmente aceptado de la sexualidad? Tampoco seré sociólogo pero no me extraña que falte quien haya escrito al respecto…

¿La oposición son los padres?

Estándar

No, no me refiero a la etapa de la adolescencia en que la juventud se pelea con la autoridad, me refiero a que en este país, tras todos los destapes que se han hecho, hay una intensa sospecha de que la oposición es tan falsa como los Reyes Magos, Santa Claus o el Niñito. Varios importantes opositores al gobierno usan las redes sociales como nuevo medio de comunicación (en contraposición a los medios tradicionales, a menudo reservados con respecto a su crítica al oficialismo). Pero cuando se alegó que estos opositores estaban vendiéndose a la línea oficialista o, peor aún, en realidad eran «infiltrados», cubrieron con un manto de duda a todos los medios alternativos sin excepción. Mientras unos y otros se defienden, causando por tanto acusaciones mutuamente conflictivas, esto deja al medio en general como una fuente inconfiable de su propia confiabilidad. Ni siquiera puede determinarse a ciencia cierta si este daño a la confianza fue un desafortunado efecto colateral, o un efecto cuidadosamente planificado para favorecer a uno u otro bando. Continuar leyendo

Carta abierta a una distribuidora

Estándar

Estimada empresa de distribución: Por la presente solicito respetuosamente comentarles acerca de los temores que tienen los fanáticos de cierta serie de alto calibre con respecto a la película de la misma que será lanzada en nuestras tierras, mediante la intervención de su empresa, en el último trimestre de este año. Sepan disculpar el hecho de que no me refiera a las cosas por su nombre, pero pronto será evidente que hay razones de peso para ello. No planeo llamar a un veto a los fanáticos, como muchos han decidido, ni reclamar sus decisiones empresariales, sino simplemente hacerles una consulta básica.

Continuar leyendo

Doblaje costarricense: ¿por qué no lo habían pensado antes?

Estándar

Como lo he indicado en entradas anteriores, soy un fanático del buen doblaje (y también del doblaje aficionado). Y siempre me he preguntado por qué, habiendo empresas dedicadas a la traducción y adaptación de multimedia en lugares tan dispares como México, Venezuela, Colombia, Chile y Argentina, a nadie se le hubiera ocurrido que pusieran un estudio acá, en Costa Rica. Y no lo digo por mero nacionalismo, sino porque, en serio, es una excelente idea de negocio.

Continuar leyendo

Más ideas por un lenguaje menos discriminatorio

Estándar

Muchos sectores se quejan de que el idioma está cargado de expresiones que, por el uso, no notamos que perpetúan estereotipos que deberían ser abolidos. Ni siquiera otras medidas para paliar estos yerros de la costumbre han tenido un efecto totalmente positivo: el lenguaje inclusivo reduplicativo, por ejemplo, lejos de reducir la brecha entre hombres y mujeres, acaba por reconocerla y validarla como una división legítima entre iguales. ¿Pero es posible hacer tal cosa como un idioma no discriminatorio sin recurrir a inventar reglas (como una vez propuse)? Tal vez no del todo, pero por algo se puede empezar.

Quizás las medidas más prometedoras al respecto son el movimiento Persona Primero y la definición de Diversidad Funcional. El primero prefiere que el idioma enfatice la humanidad de la persona en vez de los “problemas“ (definidos como tales por el punto de vista social imperante) que esta pueda tener; por ejemplo, lo que hoy se denomina “ciego“ se convierte en una “persona con problemas de la vista“. Asimismo, este sistema idiomático se deshace del sexismo, ya que el concepto de persona no implica que esta sea hombre o mujer, joven o adulta, ni ningún otro tipo de discriminación: “los trabajadores y las trabajadoras“ se unen en un grupo homogéneo de personas trabajadoras. Sin embargo, este lenguaje implica que el “problema“ (nuevamente, definido como tal por la mayoría) es algo indeseable y discriminable. Acá entra el concepto de diversidad funcional. Este término se usa como reemplazo no discriminatorio de vocablos como “discapacidad“ o “enfermedad“, que meramente señala su diferencia con respecto a la persona promedio, sin señalar si dicha diferencia es considerada normativamente como “positiva“ o “negativa“. Es vital señalar que, para lograr este objetivo, el vocabulario diversocéntrico debe ser intencionalmente vago con respecto al tipo de diversidad de la persona, especificándolo exclusivamente con fines de tratamiento médico, psicológico o de otro tipo.

Así, tomando y extendiendo estos conceptos, se pueden redefinir múltiples estereotipos en un modelo de la diversidad, en que cada categoría cubre tanto la diversidad socialmente considerada “positiva“, como la “negativa“. Así, tanto la persona atlética como la discapacitada pasan a ser ambas personas con diversidad funcional. El primer promedio de la universidad y la persona con “discapacidad mental“ (una y otra reducidas a la capacidad innata de su cerebro, limitadas por el idioma a superar las supuestas limitantes de su cuerpo) son ahora personas con diversidad cognitiva. Ya no se hablará de infantes y adultos, ni de adultos mayores y menores de edad, porque comparar es discriminar; ahora son personas, no de la baja, media y alta, sino de la primera, segunda y tercera edad, definidos por su orden cronológico, o mejor aún, junto con altos y bajos, gordos y flacos, musculosos y escuálidos, son simplemente personas con diversidad de desarrollo. Pobres y ricos, figuras de autoridad y subordinados, personas estudiosas y con acceso limitado a la educación, son personas con diversidad de recursos. Heterosexuales y personas LGBTQIA, casadas, solteras y en unión libre, monógamas o poliamóricas, y de todas las identidades de género, forman todas el grupo de personas con diversidad sentimental y de identidad; en esta última van las diversas culturas y subculturas, indistintamente de su ideología. Las personas religiosas y arreligiosas tienen diversidad de culto. Las personas constatadas socialmente como moralmente rectas y las consideradas perversas o criminales, hayan perdido o no su libertad, se consideran personas con diversidad ética. Y por último, ya que lo correcto y lo incorrecto son relativos a la persona y a la sociedad en que vive, el “bien“ y el “mal“ se definen, como se ha insistido en este artículo, como comportamientos normativos o no normativos para la sociedad en la que la persona o su interlocutor viven, respectivamente.

Sin embargo, hasta esta terminología tiene un defecto, pero no puede ser salvado sin que antes haya un cambio social. El hecho de que sea siquiera necesario señalar que existen diversidades implica que las oportunidades son distintas para cada persona, dependiendo de sus características. Debe, pues, llegar el día en que solamente importe hablar de personas, a secas, donde la diversidad exista pero sea irrelevante, y donde cada persona tenga idénticas oportunidades. Es un sueño, se dirá, pero muchas cadenas han sido tejidas por ignorancia a causa del idioma. ¿Hasta dónde podrá llegar esta ideología?

Abajo el deporte. Arriba el ejercicio.

Estándar

Es una idea loca, lo sé, pero los eventos recientes me han hecho percibir algo: la disciplina del deporte, en contraposición a la mera actividad física, es algo que perjudica más de lo que beneficia a la sociedad.

El deporte se ha vuelto un circo comercial, y hasta privativo de la libertad en ocasiones. El fenómeno mediático del mundial de balompié, la tenaz promoción de marcas que opaca los juegos olímpicos, los estadios que solamente aceptan billetes «por motivos de seguridad», los contratos multimillonarios que superan el salario de muchos mandatarios mundiales, los implementos deportivos y aditamentos de los equipos a precios sobreinflados por el efecto de las marcas, los equipos luchando por el dinero más que por el honor. Ya no importa el ejercicio, importa más maximizar el pecunio y atraer a la mayor cantidad de fanáticos.

Lo que me lleva al siguiente punto. Los fanáticos del deporte son más afición a la camiseta que a la disciplina que requiere el deporte. Rara vez se ejercitan, salvo quizás para unirse a las ligas menores de su equipo favorito, si tienen suerte. Gastan su tiempo observando embobados a sus ídolos, a quienes no podrán emular jamás, y luego discutiendo con aficionados de equipos a quienes les ponen la etiqueta de rivales mortales, llegando en los casos más graves a causar disturbios.

Y es que el deporte, por naturaleza, causa competencia y conflicto. Para que haya un ganador, todos los demás competidores tienen necesariamente que perder. Y no me vengan con la ilusión del buen perdedor. El deporte es guerra sin la sangre, una forma de liberar las tensiones violentas que tienen las personas. Hasta para ingresar a un equipo se requiere que el nuevo fichaje de la cantera deje por fuera a miles de jóvenes, quizás más ilusionados, pero apenas ligeramente menos capaces. Más de uno recurre a la trampa para llegar al preciado puesto, y para mantenerse en el mismo. Mientras nadie se dé cuenta, puede llegar a haber una disciplina completa dopándose, como en el caso del ciclismo profesional o el balombase (baseball para los anglófilos).

Todo eso opaca el verdadero sentido que tenía el deporte. Volver al ser humano más capaz, más fuerte, más rápido, más resistente. Superación personal. Gente que sale a las cinco de la madrugada, con climas insoportablemente helados, a correr hasta agotar las energías y molerse los músculos, con la esperanza de que crezcan más sanos, de quemar las llantitas, de cuidar el corazón. Gente que no compite sanguinariamente con terceros para ser el mejor atleta del mundo (y qué mal por el resto de la humanidad), sino que meramente desea ser mejor corredor. Gente que meramente desea superarse, no superar a los demás. Por eso digo: Abajo el deporte. ¡Arriba el ejercicio!

De cómo la humanidad se pasa a Darwin por donde mejor le cabe

Estándar

He descubierto algo: como especie, las personas somos los seres que más abusamos de la ley de selección natural.

Esta ley, también conocida como la ley de supervivencia del más fuerte, indica que en cualquier población de seres vivos salvajes fallecen los individuos menos resistentes al ambiente, las enfermedades y los depredadores, mientras que se reproducen los individuos más atractivos (y por ende, usualmente más aptos).

Pero la humanidad es medio tramposa. Su cuerpo es débil comparado con el de muchos animales, pero su cerebro es una superpotencia en el arte de la adaptación, que ha usado para descubrir varios métodos para engañar a la selección natural.

Para engañar al ambiente, han inventado herramientas que les permiten realizar cosas que no podrían hacer con fuerza bruta, vestimentas que suplen su carencia de vello, y arquitectura con la que se evitan vivir en descampado (aunque eso sí, la idea no es tan original de los humanos: las cuevas animales son de hecho un prototipo de ello).

En el campo de las enfermedades, la medicina le ha permitido sobrevivir a personas que no podrían hacerlo sin ayuda, lo que permite que, entre otras cosas, gente con problemas congénitos sobreviva… y herede sus enfermedades a su descendencia, siendo este uno de los ejemplos más notables de nuestro abuso al sistema.

En cuanto a los depredadores, los hemos eliminado uno por uno mediante el uso de las armas. Ahora, nuestros únicos depredadores son otros humanos, y por razones cada vez más sentimentales: venganza, envidia, honor… Pero esa es otra historia.

Y no olvidemos que en el campo de parecer más atractivos de lo que somos, ha surgido una industria completa, la de la belleza. De maquillaje a cirujía cosmética, cambiamos nuestro aspecto sin necesidad de cambiar los genes subyacentes y con ello nos convertimos en una suerte de publicidad engañosa.

En fin, que descuidamos cada vez más la genética humana, y paralelamente dependemos cada vez más de nuestra tecnología para mantenernos aptos biológicamente. Sin embargo, a mediano o largo plazo la tecnología nos permitirá remendar el entuerto: ya se trabaja en el complejo arte de modificar el genoma para mejorar las capacidades de los individuos.

Si siguen así, pronto el ser humano en el medio de la nada ya no tendrá qué envidiarle a sus compañeros animales. Y habrá ganado el título de «rey de la jungla» con la trampa más sofisticada del mundo.

Pensamientos posiblemente deprimentes sobre la post-muerte y el universo

Estándar

¿Alguna vez se han detenido a pensar cuánto tiempo seguiremos en la memoria colectiva después de fallecer?
La persona común y corriente dura más o menos unos cien años. Es olvidada definitivamente cuando la gente que la conocía fallece a su vez.

Otras personas, más influyentes, duran más tiempo en la memoria colectiva, gracias a documentos históricos, monumentos, edificios, museos y demás recordatorios.

Pero eventualmente hasta ellos son olvidados. Los libros se pierden, los monumentos se derrumban.

Pero los logros quedan. La vida y obra del inventor del fuego se han perdido para siempre, pero su método para obtenerlo permanece hasta nuestros días.

Una persona cuyos descubrimientos, invenciones o ideas sean suficientemente famosas o útiles, durará más tiempo aún en la memoria popular.

Pero hasta esos logros se pierden con el tiempo. Los libros se pierden, los descubrimientos se refutan, los inventos se mejoran o se destruyen, las civilizaciones llegan a su fin.

Así que en el sentido estrictamente terrenal, ninguna persona es eterna. Hasta la humanidad, dependiendo de las circunstancias, tiene fecha de vencimiento. Si se mata sola en una guerra, o termina los recursos del planeta, o el planeta mismo es destruido, adiós seres humanos y adiós todos sus logros históricos. Y, peor aún, muy probablemente nadie más revise los restos de nuestra civilización; la probabilidad de que surja un ser pensante cualquiera es prácticamente cero.

Y todavía la gente se preocupa de cuánto va a vivir. ¡Si al final, hasta el universo mismo se dirige hacia el olvido!

La entropía, energía que se dispersa y no se puede reaprovechar, aumenta cada segundo en el universo. Quizá falten por suceder varias compresiones y reexpansiones del universo antes, pero cuando ya no quede energía utilizable, el universo simplemente dejará de moverse. Fin del tiempo.

Así que preocuparse por el destino de la humanidad es pensar a largo plazo en un final ineludible. Y si se preocupan por presenciar el final del universo en persona, mejor olvídenlo, pues la inteligencia (que ocupa mucha energía para existir) va a haber desaparecido del universo mucho antes del fin de los tiempos.

Así que dejemos de pensar en la muerte como algo que podemos atrasar o evitar. En un sentido u otro, le tocará morir algún día a todo lo que conocemos. Y hasta a lo que no.

Sobre la eterna lucha de clases (o por qué siempre tendremos tiranos y mártires)

Estándar

La humanidad, desde poco después del inicio de la sociedad organizada, pasó el punto sin retorno en que las personas están divididas en estratos jerárquicos, donde algunas personas mandan y otras siguen órdenes. Sin embargo, es ley natural que el poder inequilibrado se corrompe. El alto mando empezó a abusar de su poder, y la plebe tomó el instintivo paso de rechazar el abuso. Eventualmente, el poder reaccionó instaurando un fuerte sistema de vigilancia, adoctrinamiento y penalización que fue perfeccionado con los siglos, para que los designios del poder no fueran afectados por la desobediencia de los esclavos, para que la insubordinación fuera eliminada del pensamiento de éstos, y para quienes aún así osaran enfrentarse al sistema fueran castigados o, si con ello no aprendían, eliminados.

El sistema intentó ser subvertido por múltiples medios, desde la fuerza bruta hasta los métodos de sigilo. Casi todos ellos fueron anulados por el poder, que desde siempre tiene más recursos que la plebe (a menudo, de hecho, recursos que eran originalmente de la plebe). Los otros casos, contados con la mano en los anales de la historia, fueron sólo victorias temporales y eventualmente disueltas por el poder, o farsas en que la plebe creyó ganar igualdad, pero el sistema que lo garantizaría fue modificado por el poder para manejarlo en secreto, o mediante otras organizaciones jerárquicas (economía, religión, milicia, medios de comunicación). Estas organizaciones, a su vez, confabulan hasta la fecha para aumentar su beneficio (más poder, más dinero, más influencia).

La plebe, que no pierde la esperanza (tristemente, mucha de ella proveniente del adoctrinamiento del poder para manipular a las masas) sigue luchando, trágicamente terca, ciega al hecho de que tiene todas las de perder, que sus escasas victorias son efímeras o falsificadas, y que sus constantes fracasos ante el siempre más poderoso aglomerado mandatario son castigados hasta la damnatio memoriae, olvidados al punto de que su lucha jamás sucedió y su sacrificio fue en vano. Lo triste no es que sigan en la lucha, mostrando un valor que, aunque admirable, se basa en falsedades ideológicas. Lo realmente triste es que aún no se hayan enterado (o sigan en una desesperada negación) de que lo mejor es rendirse y vivir apegados al estoicismo, y sigan lanzándose en vano a la cueva del dragón, con el objetivo de aniquilarlo, pero tan sólo logrando servirle de alimento.

Pero eso deja una última pregunta: ¿por qué, a pesar de las nulas probabilidades, la plebe sigue autoengañada y en pie de guerra? La respuesta puede ser el instinto. En este sistema de reacciones que es la sociedad, diversos seres vivos, con más o menos recursos, son impulsados por igual por la misma constante urgencia de tener una mejor calidad de vida, sin pensar siquiera en la obvia disparidad de capacidades. Es por eso que este conflicto existe, y hasta que una parte abandone ese impulso, este conflicto seguirá per sæcula sæculorum.